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Los Antiguos Caldeos

Los antiguos cananeos

Ya en el siglo XXII a.C., las poblaciones de los cananeos se empezaron a formar en Siria-Palestina, y sus habitantes fueron intermediarios entre los protoliterarios de Mesopotamia y los obeidienses de Egipto. En el siglo XIX a.C., las ciudades sirias aumentaron su población, y 200 años después fueron dominadas por los egipcios.
Entre los siglos XXI Y XIX se producen los grandes desplazamientos amorinas hacia Siria-Palestina y Babilonia; hacia el 1770 a.C., Egipto perdió su poder en la zona, que cayó ante los hurritas en el 1650. En el 1550, vuelven a dominar los egipcios, quienes se mantienen en la cima de la escala social de Siria-Palestina hasta las invasiones tribales que la dividieron definitivamente.


Los habitantes y su entorno

Siria, también conocida como Siria-Palestina, se ubicó en la región limitada al nordeste por el Éufrates y al sur por el desierto sirio, en la costa oriental del Mediterráneo. Los primeros habitantes de la zona pertenecieron a un pueblo semítico cuyo dialecto provenía de un viejo idioma cananeo; su arribo a Siria parece haberse dado hace unos seis mil años, y sus características raciales pertenecían a las de los pobladores del Mediterráneo.
A mediados del siglo XIII a.C., la vieja comarca cananea se dividió en tres partes Aram, Fenicia y Palestina, en cuya región se establecieron las tribus de Israel, sumando sus fuerzas a las de otros pueblos.
El asentamiento de Palestina se enclavó al sur del monte Hermón; en el siglo XII antes de la era cristiana, los filisteos ocuparon la llanura costera que se encuentra al lado sur del monte Carmelo, obligando a los israelitas a correr la frontera de su país hasta la llamada Shegelah o nación de los cerros bajos.


Los arameos

Estos hombres se caracterizaron por su gran habilidad comercial; se les podía hallar entre los babilonios, los asirios, los hititas e inclusive los egipcios. Su idioma era bastante parecido a todos los demás, como adaptación suya, como método para hacerse entender en cualquier pueblo al que llegaran a ofrecer sus productos.
Establecieron sus ciudades-estado en los terrenos que invadieron en la zona cananea. Como los arameos empleaban constantemente la escritura para hacer sus cuentas, les resultaba complicado el alfabeto cuneiforme, al igual que las tablillas en que éste se imprimía, razón por la cual tomaron para sí la tinta de los egipcios y las letras de los fenicios. Estos signos se fueron extendiendo en las demás naciones y llegaron a Grecia, en donde evolucionaron hasta constituir el actual abecedario latino.
Los grandes mercaderes arameos preferían su actividad a la de la guerra; no obstante, cuando debían enfrentar a los enemigos que trataban de imponerse en sus ciudades, lo hacían bastante bien, muestra de lo cual es que uno de sus centros urbanos más importantes, Damasco, permaneció libre por más de tres siglos, mientras las demás ciudades caían ante la arremetida de los asirios.


Los orígenes israelitas

El nacimiento de la religión israelita se da en el período patriarcal, entre los siglos XX y XVI a.C. Las sagas de los relatos del Pentateuco dan a conocer los aspectos de las viejas doctrinas de Israel. Todo cuanto se puede referenciar sobre la historia de este pueblo depende estrictamente de la escritura épica religiosa. Según ella, Israel remonta sus antepasados a los patriarcas Abraham, Isaac y Jacob, a quienes el Dios Jahveh prometió la tierra de Canaán (Palestina, Tierra de promisión).
Las tradiciones hablan de la fundación de templos sagrados como los de Berseba, Mambré y el del árbol, junto a Siquem, todos ellos a cargo de los patriarcas. Al parecer, estos sabios eran pastores nómadas que venían de alguno de los límites de Palestina y, aunque las fechas de las que datan los testimonios de sus vidas no son muy fehacientes, algunos nombres que participan en ellas se conjugan con los de los reyes que gobernaban en otras regiones en los siglos XIX y XVIII antes de Cristo.
El antepasado de Israel es Jacob, pues sus hijos son los epónimos de las doce tribus, las mismas que continuaron con el culto al Dios de Abraham e Isaac, debido a las promesas que habían recibido. En el Éxodo se dice que los hebreos permanecieron cerca de 400 años en Egipto, época que tuvo comienzo en la bajada de José y sus hermanos al país de los faraones, en la que, como era su costumbre, se asentaron pacíficamente en algún campo para pastorear su ganado. No obstante, la verdadera historia de este pueblo se inicia con Moisés, quien vivió por la misma época de Ramsés II, con la salida de sus huestes de tierra egipcia, que se convirtió desde entonces en el fundamento principal de la fe hebrea. La esclavitud israelita estuvo marcada por la obligación que se les impuso para que edificaran las ciudades de Pitón y de Ramsés, en las que constituyeron la mayor parte de la mano de obra.
El maltrato vino a terminar con el nacimiento de Moisés, el “rescatado” de las aguas del Nilo, quien parece haber sido un hombre de gran carisma, excelente orador y buen narrador, como lo demuestra el Pentateuco, texto que se le atribuye. Pese a que Moisés ha perdido mucho de su valor en manos de los críticos actuales, los hebreos le atribuyen la fundación de su religión, la organización de su culto y la calidad de profeta y puente entre Jahveh (nombre revelado a Moisés en Madián, por lo que se piensa que el culto a este dios tiene ancestro mandianita) y la tierra.


La huida de Egipto y la época de los jueces

Luego de varias insinuaciones de Moisés al faraón egipcio en torno a la liberación de los hebreos y a la potestad de éstos para marchar adonde lo desearan, así como a la negativa del monarca de permitir tal hecho, Egipto sufrió, según la Biblia, el azote de las diez plagas. Cuando por fin los hebreos se establecieron en el Sinaí, luego del célebre cruce del mar Rojo, Jahveh les dio sus leyes civiles y religiosas, estableciendo así un pacto entre él y su pueblo.
Durante 40 años los hebreos permanecieron en el Sinaí esperando el momento preciso para caer sobre la Tierra Prometida. Moisés murió antes que se lograra la conquista, que al parecer fue pacífica, razón por la cual fue liderada por Josué, quien estableció a sus compatriotas en Palestina, en la forma en que ya se ha explicado.
En el 1200, pese a que Israel había corrido con buena suerte a la hora de poblar los territorios, que —según su dios— eran suyos, algunos clanes cananeos se resistían a ceder sus campamentos; además, otros pueblos llegaron al mismo lugar y con los mismos fines de los hebreos, y por ello, sólo cuando David ascendió al trono el país pudo consolidarse totalmente.
La liga de tribus israelitas afrontó serios inconvenientes antes de lograr un período de relativa paz. Una de las más serias batallas se libró en el 1125 a.C. en contra de los cananeos. El recuerdo de esa contienda, ganada por la liga, está narrado en la Canción de Débora —Jueces, 5—. No obstante que los ataques continuaban, los imperios vecinos veían a los asentamientos de Israel como un botín fácil de alcanzar, sobre todo por la alejada relación entre las tribus, sólo albergadas bajo el poder de los jueces. Lo anterior se vio reflejado cuando, en el 1050 antes de Cristo, los filisteos doblegaron a los hebreos sin que Samuel, el último de los jueces, pudiera hacer nada para evitarlo.


La monarquía

La situación obligó a cambios radicales en el gobierno de Israel. En el 1020 a.C., Saúl fue elegido rey, con lo que el país inició su período monárquico. La capital de Saúl fue Gibea, y pese a que en principio tuvo éxito en sus enfrentamientos con los filisteos, la batalla de Gilboa lo dejó totalmente derrotado. En el 1006 a.C., David asume el trono de Judá, y en poco tiempo obtiene la unificación de Israel, constituyendo el imperio palestino e instaurando como capital a Jerusalén. Luego de lo anterior, y apoyándose en la poderosa fe religiosa de sus súbditos, David obtuvo el triunfo sobre los filisteos y puso bajo su mando algunos otros territorios, al punto de que cuando murió, su reino se extendía desde el Éufrates hasta el golfo de Akaba.
Las recopilaciones literarias de los Jueces, que fueron acopiadas en tiempos de David y lograron un nuevo despertar de los dogmas de Jahveh, se vinieron pronto abajo cuando Salomón ascendió al mando de Palestina. Pronto dio comienzo a la erección de grandes templos con los cuales el rey esperaba crear un imperio al estilo oriental; además, se centralizó el poder del Estado constituyendo distritos en vez de los antiquísimos órdenes tribales, todo con el fin de hacer más fácil la recaudación de los impuestos.
Las tropas del ejército alcanzaron un número jamás visto, y muchos carros, tirados por caballos, fueron puestos al servicio de los soldados. Las relaciones con las dinastías vecinas fueron cordiales; con Hiram de Tiro se constituyó un importante flujo comercial en el Mediterráneo; con Arabia del Sur se controló el tráfico de incienso y especias; por último, con Egipto, se dio forma al monopolio de los caballos y los carros.


La nueva división del imperio

Desde antes de la muerte de Salomón, ocurrida en el 922 a.C., los problemas del rey con las tribus del norte, a raíz de sus acciones en contra de las tradiciones de Jahveh, habían dividido a Palestina nuevamente. Jeroboam I tomó el trono de Israel, es decir del norte, y el hijo de Salomón, Rehoboam, sucedió a su padre en el primer sillón de Judá.
Durante los dos siglos siguientes a la posesión de Jeroboam I en Israel, varias fueron las dinastías que reinaron en ese país; la primera, por supuesto, fue la suya, en la que se destacó la manera como el monarca intentó debilitar el culto de Jerusalén, a partir de la creación de uno nuevo, realizado en el santuario patriarcal de Bethel. El hijo de Jeroboam, Nadab, sólo pudo gobernar un año, el 901 a.C., pues Basá, el creador de la segunda dinastía, le dio muerte para acceder al dominio de la nación. Basá trató de reiniciar los conflictos con Judá, pero salió mal librado, gracias a las alianzas del soberano de ese territorio con los Arameos de Damasco. Elá, hijo de Basá, fue asesinado dos años luego de iniciar su reinado, en el 875 a.C., hecho cuya culpabilidad se atribuye a Zimrí, quien un par de meses después de cometer el crimen pereció a manos de Omrí, fundador de la III dinastía.
La casa monárquica de Omrí duró cerca de 40 años y a ella pertenecieron Ajab, Acozías y Jorám. En la época de Ajab surge una de las más descollantes figuras israelitas, el profeta Elías, que batalló contra la soberana consorte, Jezabel, debido a que ésta protegía la adoración de Baal, dios de Tiro. En el 840 a.C., los omriitas dejan su puesto a la dinastía de Jehú, un soldado que decidió atacar a los monarcas gracias al consejo de Eliseo.
Los arameos intentaron entonces y por muchos años la conquista de Israel. La dinastía de Jehú, incluyendo a su último representante, Zacarías, tuvo que guerrear continuamente para no perder sus territorios. Zacarías fue muerto por Sallum, y éste a su vez por Menajem. Pegajyá, rey de los israelitas entre el 738 y el 736, murió por la espada de Pégaj, quien se alió con los arameos para atacar a Asiria, con tal mala suerte que al solicitar la ayuda de Ajaz de Judá, este monarca se negó y llamó a los asirios para que arrasaran a Israel y a Damasco, como en efecto aconteció en el 732 a.C. Para terminar la historia antigua de los israelitas, Sargón II dijo haber capturado cerca de 28 mil israelitas cuando terminaba ese siglo de los 700 a.C. Los de Judá, por su parte, lograron preservar por mayor tiempo la pureza de su religión, tal vez apelando al vasallaje que pagaron para permanecer en relativa libertad; no obstante, en el 587 a.C., Nabucodonosor destruyó a Jerusalén y condujo a los judíos hasta Babilonia, donde permanecieron cautivos por 70 años, tiempo que aprovecharon para recopilar las sagradas escrituras.
Años después, los persas les permitieron regresar a su hogar; pero cuando los griegos pasaron a ocupar el poder del Próximo Oriente, Judá fue campo de batalla para sirios y egipcios. De todos modos, sorteando las persecuciones religiosas, muchos judíos llegaron a habitar en Alejandría. En el año 63 antes de nuestra era Palestina pasó a formar parte del imperio romano, y poco más tarde Herodes fue nombrado como su rey, depuesto luego por su crueldad. Cuando en el año 67 d.C. los romanos pretendieron obligar a los judíos a que rindieran culto al emperador del país, una sublevación estalló en el centro de Jerusalén, por lo cual Tito la destruyó casi totalmente. Pocos de los descendientes de los pobladores de Judá se salvaron, y los que así lo hicieron fueron vendidos como esclavos. Es en ese instante cuando los judíos vuelven a ser un Estado sin territorio que habitar, hecho que se solucionaría a mediados del siglo XX de nuestra era, ocasionando los inconvenientes que han puesto tantas veces en peligro la paz mundial.

Los Fenicios

Los mejores navegantes de la Antigüedad

Mientras que la mayoría de los pueblos que existían hace cuatro mil años encontraban en el mar un inconveniente que les impedía extenderse y dominar nuevos territorios, los fenicios encontraron en las aguas oceánicas el mejor aliado para transportar mercancías. Ellos, como el resto de los semitas, habían surgido de la vida nómada fecundada en el desierto de Arabia, y con el pasar de los años habían establecido ciudades en la costa oriental del Mediterráneo, limitando su país por el occidente con las montañas del Líbano y Antilíbano.
El ambiente que los rodeaba hizo que los fenicios trataran de buscar contacto con los naturales de otras tierras, y como los montes cercanos a su imperio los proveían de buenas y abundantes maderas, no encontraron impedimento alguno para fabricar barcos y lanzarse a la mar; aparte de lo anterior, y como una forma de reafirmar su deseo, construyeron sus más grandes poblados en plena costa, como fueron los casos de Tiro, Arad, Sidón, Byblos y Berito.
En un principio sus redondas naves, cuya velocidad era mínima debido al fin que perseguían, sólo se acercaron a Egipto, en plan de comercio. Sin embargo, poco a poco la técnica náutica se fue aliando con ellos y así pudieron llegar hasta Grecia, Creta, Italia, la costa septentrional de África y España, en donde fundaron a Gadir luego Gádez, actual Cádiz.
Aún más, al parecer lograron llegar a la actual Inglaterra, bastantes décadas antes que babilonios y egipcios supieran de ella.


Agricultura y ganadería

Las tierras ocupadas por los fenicios eran propicias para el cultivo de muchas especies vegetales, entre ellas el trigo, los dátiles, los higos y en algunos casos las uvas; por ello debían buscar el intercambio de sus productos para proporcionarse materias primas y alimentos. Los israelitas fueron buenos amigos a la hora de negociar, sobre todo cuando sus líderes fueron Ezequiel y Salomón.
Por otro lado, pese a que son pocas las fuentes de información acerca de las actividades ganaderas de los fenicios, se sabe que criaron ganado caprino, ovino y bovino, además de búfalos y asnos.


Historia política

Al principio de su existencia como pueblo organizado, los fenicios sufrieron constantes ataques de los pueblos vecinos, hecho que los obligó a preocuparse mucho más por mejorar sus habilidades como marinos. Las factorías fenicias se extendieron por todo el Mediterráneo, sobre todo en el período comprendido entre el 969 y el 936 a.C., tiempo en el cual el país fue gobernado por Hiram de Tiro, así como en el reinado de Abibaal, padre del anterior.
El puerto de Tiro, establecido en una isla, había sido reconstruido en el siglo XII de la pasada era por los sidonios; cuando éstos fueron regidos por Hiram, el embarcadero comercial de Tiro se convirtió en el más fortificado de la región y, por ello, en la capital del imperio. La influencia de Hiram no se detuvo en el límite de las fronteras fenicias.
La liga que formó con David perduró hasta los tiempos de Salomón, cuando la influencia de los navegantes estuvo mayormente afianzada entre los israelitas. Los vasallos del monarca fenicio diseñaron y construyeron el templo de Salomón, y los barcos de los dos países, por ese tiempo hermanos, surcaron el océano con su flota tartesia, uniendo los centros productores de materias primas con los manufactureros.
En los tiempos de Hiram, Fenicia rodeó a su soberano, cuyos dominios abarcaron las regiones comprendidas entre el monte Carmelo al sur, y Arvad en el norte. No obstante, en Byblos y Arvad se mantenía el mandato de pequeñas dinastías sin mayor influencia en la evolución social, dinastías que se sostuvieron por un buen tiempo, a la par que se iban dando las sucesiones monárquicas de los descendientes de Hiram Balmazer I, Abdashtart, Ashtart, Astartrom y Piles. Todos ellos reinaron desde el 935 hasta el 888.
Piles fue asesinado por un sacerdote de nombre Itobaal, quien asumió el poder e inició una nueva dinastía; le siguieron Baalazor, Balmanazer II, Mittin y Pigmalión, cuya hermana de nombre Elisa, según la tradición, huyó de Tiro y fundó Cartago en el 814 antes de Cristo (pero recuérdese que se habla siempre de la princesa Dido como fundadora de esta ciudad norafricana). Luego de Pigmalión vino Hiram II, y posteriormente Luli, que aliado con Ezequías y los egipcios se reveló contra Senaquerib con muy poca suerte.
Senaquerib de Asiria puso en huida a Luli e instituyó en su lugar a dos reyes vasallos en Sidón y en Tiro. Así, Itobaal, ubicado en el trono por el conquistador asirio, no pudo resistir la oposición del pueblo. Abdmilkot tomó las riendas de la nación y se enfrentó al también asirio Asaradón, quien poco después se encargó de destruir por completo a Sidón y de edificar en su lugar una nueva ciudad, que recibió el nombre de Kar-Asaradón.
También Tiro cayó en manos de los usurpadores, sumiendo a los fenicios en la esclavitud.
Mientras el mando del imperio asirio quedó en manos de Asurbanipal, las cosas no cambiaron para Fenicia; pero con la muerte de este emperador, sus pobladores pudieron gozar algunos decenios de libertad. Sin embargo, la dicha fue demasiado efímera. Nabucodonosor sitió a Tiro durante el reinado de Itobaal III, en el 587 a.C., y trece años más tarde la ciudad se rindió, quedando en el trono Baal II en calidad de monarca siervo. En el 539 a.C., Ciro tomó el comando de Babilonia y Fenicia.
En el 332 a.C., Fenicia fue conquistada por Alejandro Magno. Aunque la mayoría de ciudades cedió prontamente y sin dar batalla a los designios del gran general, Tiro permaneció reticente a la rendición hasta cuando los macedonios construyeron un puente desde el continente hasta la isla, con el cual vencieron las defensas de Azemilkos, último soberano de Fenicia. Después de obtener el triunfo, los macedonios dieron muerte a más de 10 mil tirios y vendieron como esclavos a unos 40 mil, todo ello como venganza por las atrocidades que los habitantes de Tiro habían cometido contra los soldados de Alejandro en el rigor de la batalla.

Los Persas

Los indoeuropeos entran en el concierto mundial

Mientras otras culturas, especialmente las de origen semita, se desarrollaban en la parte baja de Asia y en el norte de África, los arios o indoeuropeos se habían mantenido al margen de los acontecimientos de la historia mundial, incrustados en el norte del Cáucaso y en el oeste del mar Caspio. Antes del 2500 antes de Cristo no manejaban la escritura y se dedicaban preferentemente al pastoreo.
Con el correr de los años, estos hombres extendieron sus dominios y conocieron nuevas tierras; alrededor del 1800 a.C. sus pueblos emigraron hacia Persia, a lo que hoy es Irán, y algunos otros lo hicieron hacia la India. Los que llegaron a Persia se fraccionaron en dos unos, los medos, se establecieron en las montañas del norte; los demás, los persas, prefirieron ubicar sus asentamientos en la llanura central, a orillas de las aguas que bañan la costa del golfo Pérsico.
Los persas sintieron un gran afecto por los caballos. La educación de los niños enseñaba básicamente tres cosas decir la verdad, lanzar las flechas con precisión y cabalgar con habilidad. Con respecto a la verdad, más que un dogma por aprender era su forma de vida; la bella religión que el profeta Zoroastro les dejó como método de vida en el siglo VI a.C. tenía como principio fundamental la bondad. Según las palabras de Zoroastro, existe un gran número de espíritus benéficos, de los cuales el más poderoso y misericordioso es Mazda (o Ahuramazda), que se encarga de liderar la batalla contra el mal —comandado por Ahrimn—, de la que siempre el bien sale triunfador, por lo cual la mejor decisión es la de unírsele.
En cercanías del año 600 a.C., los medos eran amos de los persas, quienes tenían que pagarles altos tributos .Con el nacimiento de Ciro, en el 590 de esa era, la historia de Persia se modificó radicalmente. El Padre, como se llamaba a Ciro, fue nieto de Astiages, rey de los medos, y como tal se encargó en principio de la gobernación de un distrito ubicado al sur de la región meda, en el Elam. Cuando tuvo 50 años, reunió un gran ejército y arremetió contra Persia sin encontrar mayores inconvenientes para someterla. Con la conquista de Persia Ciro inició las victorias bélicas que lo llevaron a conformar uno de los más grandes imperios de la Antigüedad. Lidia fue el segundo paso de su dominación, luego de lo cual empezó a planear el ataque sobre la Babilonia de los caldeos. El momento histórico en el que el emperador de los persas cayó con sus armas sobre los babilonios no pudo ser mejor. El rey Nabónido no ostentaba mayor fuerza, y los conflictos internos entre los sacerdotes y el poder monárquico eran constantes en Babilonia, tanto así que Ciro no tuvo que luchar para apoderarse de la ciudad.


La nobleza de Ciro

Pese a que en el momento de la lucha el más grande general del imperio persa no demostraba compasión con sus adversarios y a que lo más fundamental en su vida fue la guerra, los súbditos de Ciro lo llamaban, Padre, y en la Biblia es citado como el “delegado del Señor, su pastor”; incluso los griegos, que se esforzaban por no caer en sus manos, lo respetaban grandemente. Lo anterior se debía en buena medida a la calidez con que el monarca trataba a los pueblos conquistados, con los que no empleaba ningún método de tortura, manifestación común en los invasores de la Antigüedad. Desde su época, la capital de Persia se estableció en Susa, en el Elam; sin embargo, otros palacios reales se construyeron en Psagarda y Persépolis, para hacer más fácil el manejo que los príncipes hacían de sus territorios.


La vida en Persia hasta su final

Los reyes que gobernaron a Persia fueron Ciro, Cambieses, Darío, Jerjes y Artajerjes, quienes se encargaron de dividir al país en distritos denominados satrapías, debido a que quienes los gobernaban eran los sátrapas, encargados de que los impuestos llegaran a tiempo a las arcas del rey. Los persas habían comenzado a emplear la escritura cuneiforme desde antes de la aparición de Ciro, pero con este hecho adquirió mayor valor el manejo de las letras. Por ello, los escribas persas diseñaron un idioma propio en el que participaban cuarenta letras de carácter cuneiforme, que correspondían a cuarenta sonidos diferentes, todo ello como una forma de escapar al complicado lenguaje babilónico.
En realidad aquella escritura sirvió bastante a la hora de desenmarañar los grandes misterios del imperio persa. Gracias a una inscripción hallada en Behistud, estudiada hace cerca de ciento cincuenta años por un oficial inglés de nombre Enrique Rawlinson, se pudo conocer un testimonio dejado por Darío, el cual confirma las apreciaciones de los expertos en torno a la bondad de los emperadores de Persia. El texto citado dice “No fui malvado ni mentiroso ni tirano; tampoco lo fueron los otros reyes de mi dinastía. Goberné honradamente”.
De todos modos, como en los casos anteriores, la grandeza del imperio que dirigían debilitó a los emperadores persas; en el 331 a.C., Persia sucumbe al poder de Alejandro. Luego de la muerte del Magno, las tierras por él abatidas pasaron a sus generales y en Persia se estableció Seleuco I, cuya dinastía —los Seléucidas— gobernó por casi dos siglos. En adelante, la contienda con los romanos ocupó la mayor parte del tiempo de los monarcas de la tierra de Ciro; en el 636 d.C., los árabes invaden la zona y en el 651 imponen allí la religión de Mahoma, extinguiendo para siempre la llama persa.

Asiria y Babilonia

El nacimiento de Babilonia

El origen de Babilonia se ubica hacia el año 3000 a.C., en un asentamiento de edificaciones de barro establecido en las riberas del Éufrates.
En el 2200 a.C. los amonitas, agrupación semita, se apoderó del poblado e inició un lento proceso de acomodamiento social destinado a engrandecerlo. Cuatro siglos más tarde, con el advenimiento al trono babilónico de Hammurabi, este imperio empezó a dominar a todos los países que se encontraban a su alrededor.
Hecho importante en el reinado de Hammurabi es la aparición de la primera colección completa de leyes que, se talló en una roca negra, la diorita. El pilar que contiene los dogmas del famoso código de Hammurabi tiene cerca de tres metros de altura, y en su encabezamiento aparece una representación del dios Sol otorgando las leyes al rey.
Los arqueólogos han logrado rescatar una colección de 35 cartas del emperador babilónico, escritas sobre tablillas de arcilla; con estas esquelas se ha podido desenmarañar en buena parte la vida cotidiana de Babilonia, así como el hecho de que las mujeres trabajaban con bastantes libertades, por jornales, a la par de los hombres. Lo que más se recuerda en torno a Hammurabi y a sus leyes es el principio del “ojo por ojo, diente por diente”, con el cual era castigada la mayoría de los delitos e incluso los accidentes (cuando una pared caía sobre un niño y éste fallecía, el hijo del dueño del inmueble era condenado a muerte).


La educación

Los niños de Babilonia asistían a la escuela para aprender el manejo de los caracteres cuneiformes, que en total sumaban 350.
El maestro citaba constantemente un conocido proverbio del imperio “Quien más se destaque por la escritura brillará como el Sol”. También era importante en la educación el manejo del caballo, que, era importado desde las montañas, a través de la tribu de los kasitas, quienes a su vez lo recibían de Oriente. En Babilonia, el caballo fue introducido a la civilización, convirtiéndose en una decisiva arma a su favor cuando de guerrear se trataba.
El imperio babilónico estuvo dividido en cuatro estratos o niveles sociales. En la cabeza de esta jerarquización estaban los sacerdotes o magos, encargados del culto, la agricultura y la enseñanza; seguían los guerreros y militares, responsables de la defensa del país; luego, los agricultores; y, en el último nivel, los artesanos, un poco más arriba de los esclavos.


La primera muerte de Babilonia

Los territorios gobernados por Hammurabi comprendían toda Sumeria, unida a la parte del norte, donde estaban Akkad y Babilonia, la capital del imperio. Todos los pueblos de estos países se habían fundido bajo el dominio de los amonitas, organizando un complejo y productivo núcleo social. Los kasitas, en sus continuas incursiones comerciales a las ciudades del reino, se dieron cuenta de la prosperidad que reinaba en él y emprendieron su conquista. Poco después que Hammurabi muriera, ellos se instalaron en el gobierno. Con las dinastías kasitas comenzó la decadencia de Babilonia. Ellos no se preocuparon por mantener la irrigación de los canales ni por fortificar y hacer cumplir las leyes; los habitantes del imperio fueron dejando de lado sus ansias de grandeza, y su país pasó a un segundo plano mientras a su lado, al noroeste, junto al Tigris, los asirios continuaban con su proceso de evolución.


De agricultores a guerreros

Hacia el año 2200 antes de la era cristiana, los asirios vivían en el pueblo de Assur, un pequeño poblado sin riquezas ni poder cuya extensión no excedía un kilómetro cuadrado.
tanto asirios como babilonios eran semitas y a que empleaban idiomas y escrituras similares y hasta el mismo calendario, no mantenían buenas relaciones. Casi siempre estaban en conflicto y en algunas oportunidades los asirios tuvieron que permanecer sometidos al poder de Babilonia. Los salvajes hititas de las montañas mediterráneas atacaban a Assur, invadiendo sus plantíos y subyugando a sus hombres y mujeres hasta cuando los babilonios llegaban para expulsarlos.
Empezaron a dictarse cursos militares a los más jóvenes muchachos, y el ejército pasó a ser parte fundamental de la estructura de Assur. Las picas y arados fueron cambiados por catapultas y arcos, y se cambió el sacrificio de ovejas y cabras por seres humanos. Los asirios sufrieron durante siglos el embate de los invasores, pero en el 1300 a.C. los pacíficos labriegos se habían transformado en temibles guerreros. La primera tarea de los guerreros de Assur fue la erradicación de los hititas del valle del Éufrates. En el 910 a.C., Babilonia fue conquistada por sus huestes. Asiria fue entonces el mayor pueblo de la historia humana. Sus generales construían inmensos aparatos que empleaban para derribar las murallas de las ciudades que esperaban someter.


El esplendor y la decadencia de Asiria

Un par de siglos transcurrieron antes que Asiria dominara la totalidad de los vastos territorios constitutivos del imperio. Pero, cuando en el 733 a.C. Damasco cayó en su poder, no hubo ningún obstáculo que pudiera detener el impulso de los guerreros de la vieja Assur.
hacia el año 819 antes de Cristo, reinó Asurnasirpal III, quien se encargó de elevar el nivel arquitectónico de las ciudades y contribuyó al encumbramiento de la nación. Asurnasirpal III fue sucedido por Salmanasar II, reconocido por las victorias de Damasco, Sidón e Israel; siguió a éste Teglatfalasar III, conquistador de Siria y Armenia; luego fue rey Salmanasar IV, separado del trono por el usurpador Sargón II, quien tomó el nombre del antiguo soberano de Akkad. Sargón II derrotó a Sabacón, faraón de Egipto, y conquistó a Fenicia, Tiro y Chipre; además, recobró a Babilonia, que había caído en manos de los caldeos.
Senaquerib, hijo del usurpador, tomó el poder y ante un intento de rebelión en Babilonia destruyó la ciudad y acabó con la totalidad de sus habitantes.
En 681 a.C., este monarca fue asesinado por dos de sus hijos, uno de los cuales, Asaradón, asumió el comando del país. Asaradón guerreó triunfalmente contra Arabia y Egipto, adelantando también la reconstrucción de las espléndidas edificaciones de Nínive, capital del imperio, y de Babilonia. En el 669 a.C., Asurbanipal sustituye a su padre en la cúpula monárquica de Asiria, comenzando de inmediato su campaña dominadora, que alcanzó a Tebas, Elam y Susa; además, mostró un gran interés por las artes y las ciencias. Nabopolasar, gobernador de los babilonios y aclamado por ellos como rey, se encargó de dar el golpe final que se había venido fraguando durante dos períodos monárquicos, luego de la muerte de Asurbanipal. Nínive fue destruida, y en el 612 antes de nuestra era los asirios vieron su fin.


El último imperio babilónico

Caldea, ciudad a orillas del golfo Pérsico y sin fronteras definidas, fue avanzando a partir de sus gentes y mezclándolas con los pueblos que la limitaban. Al parecer este pueblo no estaba conformado por una raza pura, pues en el comienzo de su formación habitaban en Caldea grupos semitas, tamitas, arios y turáneos, que se disputaban el dominio de la región. Esta fusión de etnias fue infiltrándose en las civilizaciones asiria y babilónica, aprovechando sus habilidades artísticas y conocimientos científicos, al punto de llegar a formar parte de los entes gubernamentales de los dos imperios citados. Su manejo de las cuestiones adivinatorias y de los horóscopos los llevaron rápidamente a la clase sacerdotal, y así a la dirigencia de las ciudades. Durante mucho tiempo permanecieron callados y sin mayores aspiraciones, asimilaron el lenguaje y la cultura de sus anfitriones, pero sin olvidar los suyos, que sólo eran empleados en privado.
Cuando en el 625 a.C. Nabopolasar llegó al poder de Babilonia, llegó también el momento de los caldeos, quienes, unidos con los medas, destruyeron a Asiria y fundaron el imperio neobabilónico, que duró desde el 612 hasta el 537 antes de la era cristiana, dominando parcialmente a Fenicia, Siria y Palestina.


La nueva Babilonia contempla el pasado

Los caldeos admiraban la grandeza de la extinta Babilonia. Cuando se constituyeron como gobernantes de Mesopotamia la eligieron de nuevo como capital. La mayoría de las construcciones de la ciudad fueron ideadas por Nabucodonosor, quien estuvo en el trono de Caldea desde el 604 hasta el 561 a.C., extendiendo las murallas babilónicas por cerca de 80 kilómetros.
Algunos de los edificios tenían cuatro y cinco pisos, y la mayor puerta de la ciudad, la de la diosa Ishtar, sobresalía sobre las demás gracias a su descomunal tamaño, así como a las esculturas en bajorrelieve que adornaban las paredes. No obstante, los monumentos más imponentes de la ciudad eran el templo de Marduk —dios de la guerra— y el palacio de Nabucodonosor en cuyas cumbres se podían apreciar los famosos Jardines Colgantes de Babilonia, una de las Siete Maravillas del mundo antiguo. Los caldeos buscaban sin cesar el pasado brillante de la vieja Babilonia y sus costumbres, que eran imitadas por sus nuevos pobladores; los sacerdotes y escribas se ataviaban a la usanza de muchos siglos atrás. Era constante la excavación de viejas estructuras cubiertas por el tiempo, todo ello con el fin de encontrar esas tablillas de arcilla cuyas enseñanzas se adaptaban ahora a su momento histórico. Nabucodonosor batalló reciamente con los fenicios y los judíos, saqueando dos veces a Jerusalén, cerrando la salida a los pobladores de Tiro y venciendo al faraón egipcio Amasis II.


Caída de los caldeos

Siguieron a Nabucodonosor en el reinado de la nueva Babilonia su hijo Evilmerodac; Neriglisar, quien asesinó al anterior y murió en los comienzos de la guerra contra los persas; el tirano Labashi-Marduk y, por último, Nabónido. Los caldeos se abastecieron comercialmente de muchos pueblos como la India, Ceilán, Arabia y las islas costeras del golfo Pérsico. Trabajaron las telas, obteniendo varios tipos de tejidos y alfombras, al tiempo que se volvían hábiles en la talla de piedras preciosas.
Nada pudo hacer Nabónido cuando los comandados por Ciro marcharon sobre la capital de su imperio en el 538 a.C. y los sacerdotes traicionaron a la ciudad abriendo sus puertas y entregándola a los invasores.
Es importante anotar que los caldeos eran bastante más cultos que los babilonios antiguos, estudiaban los cuerpos celestes, sabían las fechas en las que se presentarían los eclipses y conocían los cinco planetas más cercanos a la Tierra; además, dividieron al círculo en los 360 grados que aún se manejan. Todas estas enseñanzas pasaron con el tiempo a manos de los griegos, y así a las de Occidente.


Anatolia y sus habitantes

Los hititas


La península de Anatolia es conocida como Asia Menor los pobladores de este territorio eran armenoides, pero las continuas incursiones de invasores extranjeros los mezclaron con los del Mediterráneo.
Los primeros habitantes de Anatolia fueron los hititas, quienes recibieron este nombre de la ciudad que les servía como núcleo, Hattu; hablaban un idioma indoeuropeo denominado nesio, por proceder de Nesa, y eran gobernados en conjunto por un solo personaje del mismo origen de su lengua, el que operaba como sacerdote y legislador. Su religión tuvo como deidades a Arina, o diosa solar, y a Tarjunt, o dios del trueno.
en la segunda mitad del siglo XVIII a.C., Anitta de Kushahara consigue la primera unificación del imperio por un período corto. Cien años después, Labarnas I, quien se autoproclamaba como reencarnación de Anitta, domina toda la Anatolia central y funda un reino con capital en Khattusha, por lo que se hace llamar desde entonces Khattushili. Su sucesor, Mursil I, azotó a Siria y a Babilonia en el 1550 antes de nuestra era pero, al regresar a su patria fue asesinado, poniendo fin a la I dinastía. Desde entonces los hititas fueron gobernados por una serie de pequeños monarcas sin mayor importancia Jantilis, Zidantas, Ammunas y Juzzías. Luego llegó al trono Telenino, quien se encargó de levantar nuevamente el imperio, impidiendo la invasión de los hurritas; también fue este rey el encargado de promulgar las primeras leyes hititas, entre las que se contaba la de sucesión monárquica, con lo que estabilizó el gobierno de esa nación.


El poderío de los habitantes de Asia Menor

El verdadero imperio hitita empezó a gestarse cuando Tudjaliyas II fundó en el 1450 a.C. una nueva dinastía encaminada a organizar los diferentes aspectos del reino. Pese a ello, en los períodos de mandato de los monarcas que lo siguieron, es decir, Khattushili II, Tudjaliyas III y Arnuwandas I, el Estado tuvo que afrontar los serios peligros causados por los intentos de invasión de los países aledaños.
Mitanni por el este, los kashka por el norte y Arzawa por el oeste, arremetieron en varias ocasiones contra los hititas, en un largo período de conflictos que sólo vio su fin a partir de la llegada al trono de un guerrero nato, Shubiluliuma.
Este rey reedificó a la capital, Khattusha, fortificando sus extramuros reestructuró el orden regional y se dirigió a Siria. El primer encuentro con Tuishrata de Mitanni resultó desastroso pero, posteriormente, aliándose con algunos enemigos del soberano mitannita pudo vencerlo y apoderarse de su capital, Washukani. Tiempo después la peste atacó a Shubiluliuma y lo llevó a la muerte. Lo mismo sucedería con su hijo Arnuwandas. En el 1346 antes de nuestro tiempo, Mursil II asume el trono hitita.
Muwatali, hijo del anterior, asumió el comando de la nación en el 1315 a.C.,poseedor de uno de los más grandes imperios de la época, que se dio el lujo de conservar el dominio sobre la Siria septentrional luego de batallar por ella con el faraón Ramsés II. El heredero real era el hijo de Muwatali pero, ante la debilidad que mostró en los primeros seis años de su gobierno, fue depuesto por el hermano del rey muerto, Khattushili III, en el 1289 a.C.
A partir del 1260 a.C. se puede empezar a contar el período de decadencia hitita. Las ciudades alejadas de la capital comenzaron a levantarse en contra de los monarcas, por lo que éstos, Tudjaliyas IV, Arnuwandas III y Shubiluliuma II, se vieron en la obligación de desplazarse a oriente y occidente para tratar se aplacar los ánimos.
Algunas ciudades como Kummuk, Gurgum, Unkim, Melid y Alepo siguieron su evolución en la última era hitita, pero en el siglo X a.C. pasaron a ser arameas.


Los frigios y los lidios

Este pueblo llegó a la parte central de Anatolia con las grandes migraciones egeas a comienzos del siglo XII antes de nuestra era. La lengua que manejaban era de origen indoeuropeo y sus casas estaban construidas como pequeños túmulos sobre la tierra, habiendo establecido el mayor agrupamiento de éstas en Gordium, capital de su reino.
La religión de los frigios estaba basada en el sexo. Su mayor deidad era Cíbeles, a quien se rendía culto a través de sesiones orgiásticas en las que los sacerdotes eran eunucos. Este dios, así como su método de alabanza, fue introducido varios siglos más tarde a la cultura romana con el nombre de Attis. El reino frigio se organiza como tal un milenio antes del nacimiento de Cristo. Su secuencia monárquica es desconocida, así como sus costumbres sociales. El único soberano del que han quedado datos es Midas, quien gobernó hacia el 715 a.C. Dos décadas después la invasión cimeria acabó con la mayor parte del país, y sólo algunos vestigios de él pudieron permanecer vivos hasta el tiempo de Ciro.Otro pueblo que se estableció en las montañas y praderas de Anatolia fue el lidio, que en el 680 a.C. encuentra en Gides al fundador de la dinastía de los mirmidones, sin duda la más importante, si no la única, de su historia. Gides, unido a Asurbanipal de Asiria, sorteó victorioso el ataque cimerio y, no contento con esto, partió en busca de la conquista de la ciudades griegas de la costa. En esa tarea también se empeñaron sus sucesores, Ardys, Sardyates, Alyates y Creso, logrando apoderarse de todas ellas, menos de Mileto, y de los territorios de Asia Menor, exceptuando a Licia. Tales fueron el empuje lidio y el poder alcanzado por sus monarcas, que de no haber sido por Ciro, quien derrotó a Creso en el 547 a.C., Lidia hubiera continuado su carrera de victoria por toda Asía y el Mediterráneo.

Los Sumerios

Mesopotamia y los hombres de los montículos

Los sumerios se establecieron hace unos seis mil años en Mesopotamia (que en griego significa “entre ríos”), una planicie ubicada en medio de los cauces del Tigris y el Éufrates, en la parte sur del territorio que hoy ocupa la ciudad de Bagdad. Esta región se extiende entre el Mediterráneo y el golfo Pérsico, en cuya franja estrecha se obtuvieron en tiempos pasados excelentes cosechas, y sus habitantes, en principio los sumerios, vivieron especialmente de la agricultura.
La zona específica en la que se establecieron los asentamientos humanos de los sumerios fue el oriente de Mesopotamia, cerca de las desembocaduras del Tigris y el Éufrates. Aquéllos llegaron desde la región montañosa ubicada al noroeste del valle de los ríos, y no pertenecían a las etnias semita ni indoeuropea. Desde un principio establecieron sus ciudades encima de inmensas plataformas cuya base alcanzaba varios cientos de metros, mientras que la altura era de cinco a 15.
Las casas de Sumeria estaban construidas con adobe y no era extraño que sucumbieran a la primera ventisca; ocurrido el desastre, nadie se esforzaba por recoger los escombros; por el contrario, sobre ellos se edificaban las nuevas habitaciones. Lo anterior ha servido de base a las investigaciones de los arqueólogos, ya que los montículos que se han descubierto han revelado buena parte de la historia sumeria.
En el año 3000 a.C. dominaron la escritura, en su particular estilo cuneiforme, en forma de cuñas. Como papel se empleaba la arcilla, y como tinta el punzón.Cada uno de los centros urbanos era un distrito agrícola en el que se cultivaban el trigo y la cebada, todo bajo el mando de un jefe-sacerdote.
Pese a la prosperidad que reinaba en este país, los sumerios no fueron un pueblo pacífico.
los sumerios salían siempre victoriosos de las contiendas armadas, pues manejaban el metal en la fabricación de armas y empleaban gran parte de su tiempo en el entrenamiento de las tropas.
Lo anterior obligaba a los semitas a atacar a partir del trueque de mercancías, llevando a los poblados sumerios piedras preciosas, oro, plata, marfil, especias y ganado, que cambiaban por frutas, verduras, vestidos, espadas y cuchillos. A raíz de la obtención de herramientas y del conocimiento de los metales y de las organizaciones sociales, los semitas se convirtieron en pueblos sedentarios, estableciéndose al norte de Sumeria.


Los reyes sumerios

Entre las principales ciudades de esta nación se destacaron Ur, Lagash, Kish, Eruk y Umma; ni las anteriores ni las demás existentes estuvieron unidas bajo reinado alguno durante mucho tiempo.
Pese a ello, en contadas oportunidades algún monarca intentó dominar a los pueblos vecinos, el primero de los cuales fue Mesilim, que convirtió a Kish en el principal Estado del país hacia el año 3200 antes de nuestra era. Ur-Nina también alcanzó gran poderío mientras estuvo a cargo de Lagash. Entre los más sobresalientes soberanos se encuentra también Lugal-Zagizzi, quien gobernó a Uruk y a Umma a partir del 2700 a.C. y desde allí se apoderó de toda Sumeria.
Los semitas acadios en el trono aprovecharon cuanto pudieron la cultura sumeria, empleando la escritura cuneiforme como medio para expresar los acontecimientos. En el 2500 a.C., los sometidos volvieron a imponer un mayor desarrollo y desde ese momento el imperio empezó a llamarse “Sumeria y Akkad”. Ciudades como Ur, Larsa e Isin.
Cerca de Akkad existía una pequeña ciudad sin mayor importancia, de la cual se apoderaron algunos semitas conocidos como amonitas, quienes avalados por la pericia de sus reyes hicieron crecer paulatinamente la aldea hasta convertirla en la imponente Babilonia.
En el 1798 a.C., Hammurabi empezó a gobernar a los babilonios y, como conquistador que era, se apoderó rápidamente de Sumeria y Akkad.

Egipto

El Egipto predinástico

El nombre de Egipto se deriva del griego homérico Aiguptus, que se empleó en la Antigüedad para distinguir las tierras del valle del Nilo ubicadas entre la primera catarata del Nilo y el Delta sobre el Mediterráneo. Este territorio se extiende por cerca de 1.000 kilómetros en línea recta y por unos 1.350 a lo largo del cauce del río, completando casi 23.000 kilómetros cuadrados de zonas cultivables. Por ello, y debido a la escasez de lluvias en el delta del Nilo y a la inexistencia casi absoluta de ellas en la parte alta, el laboreo agrícola sólo ha sido posible gracias a la inundación que a fines de junio desborda al río de su lecho y da vida nuevamente a las fértiles tierras de esta región africana.
A partir de finales del Paleolítico Superior, la industria lítica de Egipto empieza a diferenciarse de sus contemporáneas europeas, y a comienzos del Neolítico ya parece darse la formación de dos culturas diferentes en el valle del Nilo, una al norte y otra al sur.
En esa forma, apenas en el transcurso de 1.500 años, empezando a contar en el comienzo del Neolítico, Egipto pasa de ser una sociedad primitiva a constituirse en un estado monárquico con claras tendencias a la centralización del poder.
El pueblo egipcio predinástico agrupaba a unos cinco millones de habitantes.
Todos estos hombres estaban agrupados en 42 distritos, 22 pertenecientes al sur y 20 al norte. Entre los del sur, los más sobresalientes fueron Heracleópolis, Akhetatón, Hermópolis y Tebas —no la ciudad bíblica—; en el norte, se destacaron Avaris, Bubastis, Sais y Heliópolis.
Sobre el momento de la unificación de los dos grupos- es posible que ésta se encuentre alrededor del año 3100 a.C., según monumentos encontrados en la zona de los triunfadores, la del sur.
El rey Narmer, continuó la tarea hasta obtener la unificación definitiva de Egipto, con la cual se pone fin al período predinástico.


El Egipto arcaico

Las dos primeras dinastías de Egipto se dieron en este período cuyo primer rey fue Narmer, a quien se le llamaba Menees, fue él quien llevó inicialmente las dos coronas de la unificación y quien ubicó la capital del imperio en Menfis.
La historia de la I dinastía se basa en el recuento hecho por Manetón y en las tablillas de marfil y ébano encontradas en las necrópolis de Saqqarah y Abidos. Según esto, nueve faraones habrían hecho parte de ella, Narmer, Aha, Khent, Meryt-Neit, Uadjy, Udimu, Ádjib-Miebis, Semerkhet y Qa. Manetón afirma que el poder de estos monarcas se extendió durante dos siglos y medio, partiendo del 2850 a.C.
Según Manetón, la II dinastía comprendió nueve faraones; no obstante, los monumentos que se han descubierto hasta hoy sólo identifican a ocho de ellos Hotepsekhemuy, Nebre, Neterimu, Uneg, Senedj, Sekhemib-Peribsen, Khásekhem y Khásekhemuy. Todo indica que con la llegada de Hotepsekhemuy se obtuvo la total pacificación entre los dos reinos, además de que Menfis pasó a ser la capital administrativa de Egipto.


El antiguo imperio

La III dinastía período denominado Antiguo Imperio, desde el 2615 hasta el 1991 a.C. Pese a que los faraones siguen haciéndose llamar reyes del Alto y Bajo Egipto, la unidad es total y en cualquier punto del imperio se tienen iguales sentimientos hacia el soberano. La agricultura ha florecido y la religión, así como la escritura, la arquitectura y el arte, delinean sus rasgos más importantes. El fundador de la III dinastía fue Dioser, quien ordenó la construcción de la pirámide escalonada de Saqqarah, por cuya elaboración posteriormente fue divinizado el arquitecto Imhotep. En el 2565 a.C. comienza la IV dinastía, que Snofru es el creador. Este faraón logró importantes triunfos bélicos en Nubia y Libia, además de dar un gran empuje al comercio marítimo con Byblos, especialmente en el campo de los cedros. Snofru fue sucedido por Keops, Kefrén y Micerino, los impulsores de la construcción de las tres grandes pirámides que llevan sus nombres, al igual que de la esfinge de Gizeh, atribuida a Kefrén. En la IV dinastía, los impresionantes monumentos que se erigieron a los faraones por orden de ellos mismos, Egipto alcanza un importantes grado de riqueza debido a la centralización cada vez más cerrada de su poder político. Entre el 2440 y el 2315 a.C. se desarrolla la V dinastía, recordada por el ascenso al faraonazgo de los sacerdotes de Heliópolis, entre quienes se destacan Userkaf, Sahuré, Niuserre y Unis, en cuyo reinado se presentan los primeros textos de las pirámides.


Fin del Imperio Antiguo

Con la llegada al trono de los faraones de la VI dinastía, el Imperio Antiguo encontró la cumbre de su desarrollo. Este clan estuvo compuesto por siete reinados irregulares tanto en duración como en relevancia y su poder perduró aproximadamente desde el 2314 hasta el 2200 antes de la era presente. Los gobernantes de este momento fueron, en orden cronológico, Teti (Seheteptaui), Usercarè, Pepi I, Merenrè, Pepi II, Merenrè II (Antyemsaf) y Nitocris. Durante el reinado de la VI dinastía se concretaron grandes cambios en lo que respecta a la política; el principal de ellos fue la descentralización del poder, ocasionada por el engrandecimiento de personajes y figuras en el ámbito social.
Continuando las tradiciones de la V dinastía, se denotan los cambio políticos.
el crecimiento de las pequeñas ciudades en todos los ramos, con la muerte de Pepi II dio comienzo a una era conocida como el primer período Intermedio, que abarcó desde el año 2200 hasta el 2040 a.C., tiempo calificado por los historiadores como el más sombrío y confuso de Egipto. Las dinastías gobernantes se agrupan desde la VII hasta la X y gran parte de la XI. En la X vuelven a presentarse guerras civiles, la más importante de las cuales es protagonizada por la ciudad de Tebas y la de Heracleópolis, que dio como resultado el nacimiento de la Dinastía XI o Tebana.
Finalmente, la violencia empleada por los tebanos para obtener el dominio de Egipto hizo que el ejército, hasta ese momento secundario en el desarrollo político de este imperio, se consagrara como un constante peligro para la estabilidad del poder real. No obstante, los tebanos consiguieron la preponderancia que deseaban y con ella preservaron el gobierno y la unificación egipcia hasta el año 2040 a.C., cuando llegó a su fin el período Intermedio.


El imperio Medio

Este período se inició bajo el mando de Nebhepetrè-Mentuhotep, iniciador de la XI dinastía. El principio de dicha época aún no se ha establecido, pero se sabe que Mentuhotep I (hay tres faraones con este nombre) alcanzó a pacificar a todo Egipto mediante la deposición del monarca de Asyut y el mantenimiento de garantías a los reyes de Hermópolis y Beni Hasan.
Mentuhotep II, hijo del primero, fue el segundo monarca de esta era, y a una edad avanzada se sentó en el trono de un territorio pacificado y tranquilo, heredado de su padre. Durante el corto tiempo que estuvo al mando Mentuhotep II se preocupó por la construcción de templos en el Alto Egipto, con lo que se rescató la belleza y sobriedad que siempre habían caracterizado a las edificaciones de esa zona. Sin mayores sobresaltos terminó su gobierno para entregarlo a Mentuhotep III, con quien finalizó la XI dinastía en 1991 a.C., de la cual no se conocen mayores datos. Con el ascenso de Amenemmes I se inició la XII dinastía alrededor del año 1990 a.C.
Igualmente, para recuperar el prestigio real que se había perdido desde la VI dinastía, Amenemmes I restableció un control fiscal sobre las provincias. Durante su reinado surge la figura de Sesostris, quien conspiró contra el soberano y le arrebató el poder, constituyéndose como nuevo faraón. En este período, que duró cerca de 38 años, Egipto alcanzó gran esplendor nacional e internacional.
Con la sucesión al trono del hijo de Sesostris, Amenemmes II, y posteriormente al hijo de éste, Sesostris II, la resplandeciente situación social, política y administrativa que había dejado Sesostris I, padre y abuelo, continuó. Sin embargo, el reinado de Sesostris III, entre 1878 y 1843 a.C., fue el de mayor importancia y su medida más importante fue la supresión de los monarcas provinciales.
Amenemmes III, hijo de Sesostris III, sucedió a su padre a partir de 1842, permaneciendo en el trono hasta 1797 a.C. Su mandato se caracterizó por la paz y la tranquilidad vividas en Egipto.
Amenemmes IV fue el sucesor del tercer Sesostris, El último soberano de esta etapa fue Sebeknefrurè (1789—1786 a.C.), la única mujer faraona de esta dinastía, además de ser la primera reina de la que se tiene noticia en la historia de Egipto.
La literatura egipcia encontró un importante desenvolvimiento con la sucesión de los Amenemmes y los Sesostris, por lo que esta etapa se consagró como la edad de oro del reino.


Segundo período Intermedio

Las dinastías XIII a XVII integran esta etapa del desarrollo egipcio. La XIII, o dinastía tebana, desde 1785 hasta 1647 a.C. y se caracterizó por ser un período de decadencia en el dominio de los soberanos. Lo mismo se puede afirmar de la número XIV, que evolucionó a la par de la anterior y estuvo conformada por los herederos de Xois, en el delta del Nilo. Nuevamente Egipto estaba fraccionado. En 1678 a.C. se inicia la XV dinastía, erigida por los hicsos (que quiere decir “jefe del montañoso país extranjero”), llegados al delta —donde establecieron su capital, Avaris— como invasores desde Siria y Palestina y a quienes se debe el empleo de caballos y carros de guerra en el país de las pirámides. La dinastía conocida como XVI parece haber sido contemporánea de la XV, integrada también por los hicsos, cuyo fin ocurrió en 1570. La última estirpe de este período fue la XVII, que se extendió desde el 1600 hasta el 1570 a.C., estando a cargo de los gobernantes de Tebas, quienes, en busca de recuperar el poder perdido a manos de los hicsos, emprendieron grandes empresas bélicas, especialmente en tiempos de Kamos, uno de los faraones más combativos.


El imperio Nuevo

Apenas en el comienzo de la XVIII dinastía, punto de partida del Nuevo Imperio, Amhosis captura y expulsa de Egipto a los habitantes de Avaris junto con el resto de hicsos. En el gobierno de Amhosis y de su hijo Amenofis I, desde 1545 hasta 1525 a.C., se trasladaron grandes ejércitos a las fronteras de Libia y Nubia para protegerlas, y el poder central retornó a Tebas.
Amenofis I fue sucedido por Tutmosis I (1525—1512 a.C.), y éste a su vez por Tutmosis II, entre 1512 y 1504 a.C., artífices ambos de importantes victorias en las campañas de Siria, Palestina y Nubia. En tanto, Tutmosis III se hacía adulto en las filas del ejército, para acceder finalmente al trono unitario en 1469.
La ostentosa existencia de los egipcios no se debía a otra cosa que a los triunfos de su rey en el extranjero. En su reinado, Tutmosis III emprendió la conquista de Siria y Palestina, y en la contienda de Meggido venció contundentemente a los aliados que se agrupaban bajo las órdenes del soberano de Kadesh de Orondes. Luego de dieciséis campañas en territorio asiático, Tutmosis III fundó un inmenso imperio que se extendía hasta las riberas del Éufrates.
Por el sur, sus victorias fueron portentosas, tanto así que Tutmosis III llevó su reinado hasta la cuarta catarata, llegando al punto de nombrar un virrey para Nubia. Amenofis II, quien se destacó como un gran deportista, fue el hijo y sucesor del gran conquistador, y gobernó desde 1450 hasta 1424 a.C. al corto reinado de Tutmosis IV, de 1424 a 1417 a.C., accedió el faraón Amenofis III —conocido como “El Magnífico”.
también descolló por sus conocimientos arquitectónicos, con base en los cuales se construyeron imponentes templos y monumentos, como es el caso de los Colosos de Memnón, que lo representaban.
Pero la paz y la prosperidad tenían cerca su fin. Empezaron a truncarse a finales del mandato de Amenofis III y se agrietaron definitivamente en el de Amenofis IV (1382—1362 a.C.).
Al comienzo de este período, el desorden se enseñoreó de Fenicia y Palestina, al tiempo que los hititas, comandados por Shubiluliuma, se apoderaban de buena parte del Egipto sirio. Amenofis IV cambió su nombre por el de Akenatón, como una forma de hacer honores al dios Atón, que representaba al Sol.
Ante la inexistencia de un heredero masculino al trono, se disputaron el poder dos de los yernos de Akenatón, Sakerhe (1361) y Tutankhamón (1360-1350) —cuyo conocimiento y popularidad se deben especialmente a la tumba ricamente adornada que se le construyó y que fue descubierta en 1922.
Ramsés I fue el encargado de iniciar la XIX dinastía, asentada en Tanis, ciudad adoradora del dios Seth. La creación de la dinastía fue la única tarea de Ramsés I, su gobierno sólo se mantuvo durante el año 1318 a.C., luego de lo cual fue sucedido por su hijo Seti I, quien se encargó de rescatar los territorios perdidos por Akenatón y obtuvo victorias en Siria y Palestina, así como en Kadesh. Seti I dejó el trono a Ramsés II (1304-1237 a.C.), faraón que tuvo serios inconvenientes para preservar a Egipto.
En el período de Ramsés II se puede ubicar la época de esclavitud de los israelitas en Egipto y probablemente su huida bajo el comando de Moisés; las ciudades de Pi’ramses y de Pi’tum coinciden con las bíblicas Raamses y Pithom.
La última dinastía del Imperio Nuevo, la XX, se inició con Ramsés III en 1190 a.C., cuando los egipcios se reunieron para enfrentar la arremetida de los Confederados del Mar, los filisteos, los sicilianos, los sardos, los griegos dánaos, y algunas otras fuerzas de menor envergadura. Las victorias de Ramsés III quedaron grabadas en las paredes del templo que lleva el nombre del triunfador, en Medinet Habu. A partir de 1157 a.C., con la muerte del “Defensor de Egipto”, vino una secuencia de Ramseses, desde el IV hasta el XI, quienes gobernaron entre 1156 y 1063 a.C. El poder estaba principalmente en manos de los sacerdotes de Amón-Ra. A tal punto llegó el control ejercido por estos religiosos que, en el 1069 a.C., el sumo sacerdote de Karnahk se instituyó como gobernante plenipotenciario de Tebas, desconociendo incluso las órdenes de Ramsés XI.


Las dinastías finales

En 1062 de la era antecristiana se da comienzo a la XXI dinastía, a cargo de Smhendes, quien instauró su capital en Tanis los gobernantes de la dinastía teocrática de Hrirhor se mantuvieron en Tebas. La dinastía XXII se extendió a su vez desde el 935 hasta el 725 a.C., teniendo como principal particularidad que es en ese momento cuando empieza el nuevo gobierno de los extranjeros sobre Egipto. El primero de ellos fue Shashank I, quien reunificó al país gracias a que uno de sus hijos fue nombrado sacerdote supremo de Amón-Ra;. Luego siguió Oshorkón II, quien envió guerreros a Karkar para que lucharan con los aliados siriopalestinos en contra de Salmanasar III. Finalmente gobernaron Takelot II y Shashank IV. Las dinastías XXIII y XXIV fueron paralelas a la anterior, sólo duraron un par de décadas. En el 712 a.C. Pianki tomó posesión de Egipto, derrotando sin mayores dificultades a Senthnakhte, faraón de la XXIV dinastía, y fundando la XXV.
En el 660 a.C., los asirios se abalanzaron sobre el resto del reino y pusieron en huida a los etíopes.
El rey Psamético I se encargó de apoyar en gran escala las artes y la industria, obteniendo como resultado una época de bonanza que, sin embargo, relegaba a los nativos de Egipto y los ponía en un segundo plano.


Las artes y la religión

Los egipcios son, uno de los pueblos que más enseñanzas han dejado a la posteridad.
Lo que los habitantes del valle del Nilo querían de sus esculturas era la inmortalidad, sin descuidar por ello la belleza y la armonía.
En el Reino Antiguo, por ejemplo, en el que se construyeron las pirámides y la estatua de Kefrén, parece que se busca una vida hermosa para los muertos.
a partir de la XVIII dinastía y bajo el mando de los Tutmosis, los talladores, escultores y pintores rememoraron épocas pasadas, a la par que el país retomaba su esplendor. Luego, con Akenatón, se produce el único cambio digno de remembranza en el desenvolvimiento de las artes de Egipto. Es este emperador quien al declararse servidor de Atón da libertad a los creadores para que expresen en sus obras la belleza del valle y sus animales, sin los estereotipos del pasado. Infortunadamente, con el nacimiento de la XIX dinastía las cosas vuelven al letargo del pasado, y la orfebrería, los murales y las tumbas pierden originalidad. En el caso de la escritura, es importante resaltar el descubrimiento de la piedra de Rosetta, por parte de Champollion, a partir del cual se empezaron a descifrar los grandes misterios de los grabados egipcios, que evolucionaron en tres fases, la ideográfica, la silábica y la fonética, todas ellas como una conjunción que dará origen a los alfabetos antiguos. Para los textos literarios se empleó, en primera instancia, la escritura hierática, y posteriormente la demótica.
El compilado más importante de todos cuantos se han hallado es el Libro de los muertos, que supone una guía para que los difuntos se orienten en el mundo de ultratumba.
Cabe anotar que buena parte de la literatura —como es el caso del Mito de Osiris, una de las más conocidas historias de los antiguos habitantes del valle del Nilo—, así como de las artes pictóricas, está basada en la poderosa religión politeísta de los egipcios, en la que se destacan divinidades como Ra (dios del Sol), Shu (emperador del aire), Osiris, Seth, Horus, Isis, Amón, Thot y Maat, entre otros, quienes se encargaban de proteger a las diferentes ciudades de la nación.

Los Primeros Americanos

El poblamiento americano

A raíz de los viajes de Colón, los europeos sienten la necesidad de desenmarañar la genealogía de los indígenas, y para ello se basan tanto en instrumentos científicos como en los más diversos argumentos místicos y mitológicos, como el de la Atlántida.
1926, por primera vez en suelo americano, se da con algunos rastros de piedra sílex al lado de restos de bisonte, lo que demuestra el origen prehistórico de las culturas del Nuevo Mundo. Con anterioridad a estas excavaciones, otras teorías fueron esbozadas por diferentes investigadores, entre ellos el destacado paleontólogo argentino Florentino Ameghino, quien en 1880 creyó descubrir la cuna de la humanidad en la pampa de su país. Según Ameghino, sus trabajos habían topado fósiles que pertenecían a humanos de 70 millones de años atrás; esta tesis fue abolida, el examen de los hallazgos del argentino concluyó que pertenecían al homo sapiens y que no ostentaban la antigüedad que se les atribuyó en un comienzo.
la argumentación más plausible al tiempo que la más aceptada, es la de Paul Rivet acerca del origen multirracial. Rivet asegura que el poblamiento americano se da con la llegada de cuatro tipos raciales malayo-polinesio, australiano, esquimal y mongol. Las migraciones más numerosas habrían sido las del elemento asiático, las de los mongoles y esquimales, que debieron seguir el estrecho de Bering; el elemento australoide, asentado en el sur del continente, pudo llegar, según el portugués Méndez Correa, por la vía de la Antártida; y el ma-layo, polinesio, debido a su gran adelanto en la navegación, habría utilizado el océano Pacífico como vía de arribo a América.


Los fósiles de América

El estudio que paleontólogos, antropólogos y demás investigadores han desarrollado en tierras americanas en busca de los restos de hombres prehistóricos han dado como resultado un buen número de hallazgos fósiles. Es éste el caso del Minnesota Man, descubierto en 1931, cuyo nombre se generalizó pese a tratarse de un esqueleto de mujer, al parecer, pertenece a un homo sapiens de caracteres mongoloides muerto en el Pleistoceno Superior. En 1933, también en Minnesota, fue desenterrado el Brown Valley Man, cuya antigüedad ha sido controvertida, algunos afirman que se remonta a unos 11 mil años, otros aseguran que pertenece al período postglaciar. En Melbourne, Florida, en 1926, se encontraron fósiles humanos que al ser sometidos a la prueba de la fluorina revelaron pertenecer a la época del Pleistoceno; en 1943, A. Castellanos reportó el descubrimiento de algunos restos infantiles en la cueva de Candonga, en la provincia de Córdoba (Argentina), cuyo origen parece acercarse a la última glaciación; el esqueleto femenino de Midland, Texas, hallado en 1953, ha reportado a partir de los estudios con uranio una edad de 15 mil años; en igual forma, entre 1933 y 1937, en la región de Lagoa Santa, en Brasil, se encontró un esqueleto adulto a una profundidad de dos metros, cubierto por una capa estalagmítica que daba fe de su antigüedad, ya que al parecer data de finales del Pleistoceno.
De todos modos, la información recolectada ha concluido que, el establecimiento del hombre en América no es tan reciente como se pensó, tampoco puede ubicarse muy adentro del Pleistoceno.


El prehistórico hombre americano

Los primeros homínidos que llegaron a América fueron los depredadores, cuyas herramientas estaban sin duda fabricadas en piedra y a partir de la talla. Estos hombres se especializaban en la caza, por lo que se deduce que su llegada al Nuevo Continente pudo darse en alguna de las constantes persecuciones que aquéllos realizaban en pos de los grandes rebaños.
Entre los siglos XV y XII a.C., se pueden ubicar el inicio de las culturas líticas americanas, así como las primeras manifestaciones de acomodamiento al nuevo entorno. Todo esto se concluye de la observación de las puntas de flecha encontradas en los yacimientos fósiles; las puntas del género Sandía eran empleadas para la caza del mamut, mientras que las de los tipos Folsom y Clovis se utilizaban para abatir especies de menor envergadura como el caballo y el bisonte. Es claro que en los litorales Pacífico y Atlántico de América fue común la extracción de mariscos para el consumo humano, de lo cual se han descubierto pruebas en excavaciones realizadas al norte de Chile, California, Florida, el sur de Brasil y Perú; otras muestras seguramente han sido cubiertas por las aguas oceánicas en su constante avance sobre las costas continentales. En la actualidad, en las selvas ecuatoriales de Sur América, algunas tribus conservan costumbres cotidianas en la vida de los hombres prehistóricos. Es el caso de los nukak makus, en el Amazonas colombiano, quienes viven desnudos, comen micos y gusanos, y aprovechan su entorno sin deteriorarlo. No obstante, los nukak han afrontado serios problemas en los últimos años debido al embate de los colonos, lo que ocasiona que su etnia esté a punto de desaparecer.


Nacimiento de la agricultura

Durante la mayor parte de su vida en América, los hombres prehistóricos fueron nómadas, la caza y la recolección de frutos eran las faenas más comunes.
En Tamaulipas (México), en fechas que rondan el año 2500 a.C., se ha logrado establecer la existencia de una cultura que se desarrolló a partir de una economía mixta en el cañón del Infiernillo, en una comunidad urbana que existió entre el 7.500 y el 5.600 a.C., que se abastecían de chile, calabaza y frijol pero no de maíz.
En Tehuacán, Puebla (México), el profesor Macneis asegura haber encontrado rastros de agricultura prehistórica en fósiles que datan del año 5900 a.C. Y en la cordillera de los Andes, los núcleos sociales de Prieta, Huaca, Nasca, Chilca y Pracas, entre otros, dan muestras de haber sido suelo de cultivo hace unos 6.700 años.
En lugares como Colombia y Venezuela, los productos cultivados, especialmente el maíz y la mandioca, fueron la más importante fuente alimentaria a partir del 2000 a.C.
El maíz y la mandioca ya se empezaban a introducir como parte de los elementos esenciales para la manutención de las tribus. En la costa peruana, en el 3000 a.C., se establecieron pequeños clanes en los que la pesca de mariscos representaba la parte fundamental de su laboreo, la producción de habichuela y calabaza era también habitual. Mientras algunas comunidades establecidas en la Tierra del Fuego eran básicamente recolectoras, otras, asentadas en la cuenca del río Paraná y en el norte chileno, se proveían en gran medida de su alimento a partir del cultivo de diferentes plantas.


El mundo de la prehistoria americana

Algunos investigadores afirman que buena parte de las civilizaciones precolombinas deben sus adelantos agrícolas y pecuarios a sus contactos fortuitos con el Viejo Mundo. Se ha comprobado en diversas formas que la extensa variedad de plantas calabaza, maíz, papa, yuca, quichua, maní, cacao, ají, piña, mamey, papaya, guanábana, palo santo, vainilla, guayabo, yerba mate, quina, coca y tabaco, entre otras—, sembradas en América antes de 1492, son autóctonas de ese territorio. En el caso de la metalurgia, toda querella queda sin piso con el empleo que los indoamericanos daban al platino, el mismo que se desconocía en Europa hasta cuando fue llevado por Antonio de Ulloa en 1739.
Es claro que los aborígenes americanos utilizaron varios elementos venidos de otros pueblos radicados fuera de su continente, incluso antes de la llegada de Colón, como se ha comprobado, pero también es cierto el invento del cero, el calendario, la manufactura del papel, etc., no atribuibles a contactos con culturas foráneas, pues del desarrollo de estas y otras técnicas e insumos en el Nuevo Mundo hay suficientes pruebas.